5C Asociados

Coaching personal y ejecutivo - Inteligencia Emocional.

El Arte de aprender a perder (segunda parte)

por David Peña Búrdalo | Oct 19, 2023 | Inteligencia Emocional

Álvaro Puente – Miembro de 5C ASOCIADOS. Experto en Coaching Personal  (2019 – 5C Asociados), Experto en Inteligencia Emocional para niños (2020 – 5C Asociados) y Experto en Coaching Ejecutivo (2022 – 5C Asociados).Técnico Profesional en Inteligencia Emocional Aplicada a la Empresa (2022 – EIOE. Euroinnova International Online Education).

Continuamos hablando sobre la importancia de llevar a cabo un desprendimiento consciente de todo aquello que tratamos de poseer y que, sin darnos cuenta, termina poseyéndonos. Aferrarnos a algo con todas nuestras fuerzas termina por ser una fuente constante de dolor y sufrimiento, este no-perder llenará nuestro corazón de frustración, miedo y tristeza.

Desde el coaching humanista, trabajamos diferentes herramientas que nos permitirán avanzar e integrar mejor los cambios, reduciendo la resistencia a los mismos al ganar en seguridad personal y mejorar nuestra autoestima. La comprensión de los procesos de duelo, el trabajo con las creencias y los hábitos… son ejemplos de algunas herramientas que empleamos y que nos pueden dotar de una mayor flexibilidad y facilitar nuestro crecimiento.

Tolerancia a la frustración

Nacemos totalmente dependientes, nos lo dan todo hecho, nos alimentan, nos limpian, nos abrigan cuando hace frio… nos tratan como a reyes, en una palabra: nos sirven. Esa es la disposición vital que nos negamos a perder. En nuestra vida adulta, muchas personas continuamos con la misma actitud: los demás han de cumplir nuestras expectativas, el mundo ha de servirnos. Cuando las cosas no suceden como creemos que deberían suceder, comenzamos a patalear enfadados y con una sensación de injusticia. Comparamos la situación ideal con la real, juzgamos y condenamos según nuestro criterio subjetivo, y como consecuencia sufrimos. Nuestra sociedad actual muestra una escasa tolerancia a la frustración, lo que tiene un fuerte aroma a inmadurez y egoísmo.

Cuando algo (o alguien) se interpone en el camino entorpeciendo el logro de aquello que deseamos, aparece la frustración. Por ello es fundamental que fortalezcamos el músculo de la tolerancia a la frustración o incluso, yendo un paso más allá, el de la aceptación de la pérdida.

Aquí la segunda fase del arte de aprender a perder: El mundo no se adaptará a mis deseos, si no quiero sufrir, seré yo quien adapte mis necesidades al contexto y a las circunstancias. Puedo ganar cuando pierdo, adecuando mis acciones y respondiendo a la situación que acontece. Utilizando todo para avanzar, poco a poco nos transformamos en todoterrenos emocionales, sin perder tracción en las circunstancias desfavorables ni en las pistas más hostiles. Para ello, le pese a quien le pese, necesitamos permitirnos experimentar cada emoción el tiempo necesario, a veces estar tristes aunque esto no encaje en el modelo vital socialmente propuesto.

Continuando con el planteamiento, en lugar de tratar de cubrir nuestras necesidades, nos centramos en satisfacer nuestros deseos.

Queremos obtener, conseguir, adquirir, acumular, beneficiarnos, acaparar…  Eso es lo que hemos ido aprendiendo por el camino de la escasez y la premura. Pero cuanto más queramos y creamos tener, cuanto mayor sea al apego y la posesividad, mayor será el sufrimiento al perderlo. No obstante, el problema no es tener, es aferrarme. Es hacerme a la idea de que algo me pertenece para siempre y por derecho. Porque, no nos engañemos, perdemos y perderemos, hasta que un día lo perdamos todo (Memento mori). Perdemos la juventud, el pelo, la calidad de nuestros sentidos, a familiares y personas queridas… Nuestra cultura, negacionista de lo negativo, obsesionada con lo positivo: con la suma, con la adición y el aumento; no soporta la idea de resta, de sustracción y de merma. Pero a veces menos es más.

Sobre la toma de decisiones

Para tomar decisiones no basta con realizar un análisis exhaustivo de los factores y las variables que cada opción nos brinda. Una decisión prudente y cabal no desoye las sensaciones, la intuición o las emociones. La neurociencia nos muestra que la emoción toma un papel muy importante en la toma de decisiones. Por ello, si conseguimos que la emoción y la razón trabajen en tándem, la tarea se facilita lo suficiente como para que seamos capaces de escoger. Cuando la decisión nos está resultando compleja, es posible que el balance de pros y contras esté equilibrado, por lo que las opciones parecen igual de buenas (o de malas). De otra forma la elección hubiera sido sencilla.

Dos puntos clave para que una persona pueda madurar son: Que tenga la posibilidad para tomar decisiones y las tome; y que tenga la habilidad para responder sobre las consecuencias de dichas decisiones y responda.  Pero, sabiendo que es algo crucial, ¿Por qué nos cuesta tanto tomar decisiones?

Hoy en día lo queremos todo y lo queremos ya. La inmediatez y la gula emergen inundando nuestra insatisfacción vital. La excesiva cantidad de opciones a escoger en este sistema sobre-estimulado nos paraliza. En lugar de brindarnos una mayor sensación de libertad, la exorbitante cantidad de opciones entre las que podemos elegir nos congestiona por varios motivos: Tememos no decidirnos por la mejor opción, la escala de expectativas moderna ronda la perfección y existe un coste de oportunidad. En pocas palabras, nos da miedo perdernos algo mejor que lo que escogeremos, pues sólo queremos lo mejor de lo mejor. Una vez más el sentimiento de pérdida está a la cabeza del conflicto. Si lo pensamos detenidamente, bajo ese miedo al error, está presente el miedo al rechazo y, junto con este, también hay una sensación de pérdida, en este caso, pérdida de confianza y valoración (de los demás y de uno mismo). La ansiedad aparece cuando pensamos que tomando una mala decisión demostraremos ser poco inteligentes y que por ello seremos desdeñados, que nos quedaremos atrás.

Para terminar, ¿Qué podemos hacer para abordar el sentimiento de pérdida? ¿Cómo podemos sentirnos mejor en esas situaciones en la que perdemos? Pues aquí la tercera y última fase en el arte de aprender a perder: Poner el foco en aquello que sí, en lugar de en aquello que no.

El balance de experiencias

Pongamos que todos nacemos con un “balance de ganancias y pérdidas experiencial”, es decir que recogemos en dos columnas las experiencias que vivimos, una columna de ganancias y otra de pérdidas. Al nacer, nuestro balance está a cero, por lo que las dos columnas están en blanco. Por ejemplo, en nuestra adolescencia nos enamoramos perdidamente de alguien: ¿Dónde situaríamos esta experiencia? ¿Ganancia o pérdida? Bueno, sea o no correspondido, es algo que no habíamos experimentado hasta entonces. ¿Dónde lo pondrías?

Al cabo de un tiempo, comenzamos una relación con esa persona: ¿Ganancia o pérdida?, evidentemente ganancia, la cosa pinta bien. Pero tras un par de años, esa relación termina ¿Ganancia o pérdida?… Dependerá en buena medida de dónde pongamos el acento, si en la carencia o en la gratitud por haber disfrutado de esa relación. De todas formas, el desamor también es una experiencia que no habíamos vivido hasta ese momento ¿Puede ser una ganancia? ¿Cómo lo ves?

Sinceramente, yo no lo sé, aunque sea una sensación desagradable, aunque duela, puedes recordar que cuando viniste a este mundo tu balance estaba a cero. Quizá sea una forma de valorar que cada situación que acontece en la vida puede verse como la oportunidad de experimentar algo, siempre nuevo y fresco, que incluso el vacío que sentimos cuando una persona importante para nosotros se va, es un buen momento para agradecer que haya estado.

Ama, sin miedo a perder, ama.

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