Álvaro Puente – Miembro de 5C ASOCIADOS. Experto en Coaching Personal (2019 – 5C Asociados), Experto en Inteligencia Emocional para niños (2020 – 5C Asociados) y Experto en Coaching Ejecutivo (2022 – 5C Asociados).Técnico Profesional en Inteligencia Emocional Aplicada a la Empresa (2022 – EIOE. Euroinnova International Online Education).
Comienza el Otoño
Los días se suceden, y en septiembre damos la bienvenida a una nueva estación. En el otoño los árboles pierden las hojas… ¿o quizá las dejan ir?, las sueltan, se desprenden de ellas… Las personas solemos tener más reticencias a la hora de soltar, pues nos aferramos con facilidad a las cosas, a las personas, a los sentimientos, a las ideas… y aquí el hilo conductor de los siguientes párrafos, el desapego como proceso necesario en nuestra maduración y nuestro desarrollo.
Primera parte
Perder es uno de los aprendizajes más importantes en nuestras vidas. Es una tarea ineludible, tarde o temprano la vida nos ofrecerá esta lección y, en caso de no habernos aplicado y trabajado en esta materia, de forma generosa volverá a ofrecérnosla infinidad de veces, las que sean necesarias hasta que la aprendamos. Como estudiantes, siempre podemos volver en septiembre (que con el otoño nos lo recuerda).
¿Cómo?, pero ¿De qué estás hablando? ¿Perder? ¿Quién va a querer aprender a perder?, no creo que hables en serio, “a mí no me gusta perder ni a las canicas”.
Podría haber firmado esta frase hasta hace bien poco, seguro que la he repetido cientos de veces. La verdad, nunca me he caracterizado por tener buen perder (y tampoco buen ganar), me gustaría ofrecer otra imagen aunque, siendo honesto, esto es lo que hay. Hoy siento que las cosas van cambiando. Gracias a grandes personas que, en el camino, me han ofrecido su inestimable apoyo, he comenzado el proceso de aprendizaje de esta materia: la pérdida.
Que impopular en estos tiempos, nos incomoda, nos genera malestar y ansiedad, pues además, muchas veces perder trae aparejado un sentimiento desagradable y engañoso de no estar a la altura.
Este sentimiento de insuficiencia es fruto de cómo hemos interpretado la pérdida, en parte, esta visión errónea nace de la identificación con nuestros resultados, esto es: He perdido, por lo tanto soy un/a perdedor/a (o un “loser” como dice ahora la chavalada). Esto secuestra nuestra capacidad de adentrarnos en el proceso aprendizaje, por miedo al error, por miedo a perder. En ocasiones, ese miedo nos bloquea y no movemos ficha, lo que acentúa el sentimiento de no llegar.
Me gustaría invitarte a abordar este tema desde tres perspectivas diferentes, desde tres ángulos distintos que se complementan, para así tener un enfoque más global y enriquecido. El planteamiento es poder abordar la pérdida con una mayor comprensión y de forma más amable. Si has leído hasta aquí, gracias, sé que no es un tema agradable, del que se habla poco y con mala prensa. Ahora te invito a continuar, ¡No te lo pierdas!
Perder vs. Ganar
Desde nuestra más tierna infancia, comenzamos a recibir mensajes que pronto calarán en nuestro sistema de creencias y condicionarán nuestra forma de comportarnos.
En lo relativo a la pérdida y la ganancia, los mensajes bienintencionados (pero poco adaptativos) nos invitan a competir con ahínco, movidos por una sensación de premura y escasez. Nos han educado para
ganar. Si hay poco de algo, y somos muchos los que necesitamos ese algo, parece que tiene lógica pensar que hemos de competir por una porción de ese algo. Además, como hay poco, queremos conseguirlo ya, no vaya a ser que se acabe. Con lo cual, “unos han de perder para que otros ganen”.
Es un comportamiento, en cierta medida, natural. Podemos observarlo en muchos animales, por ejemplo, unos buitres peleando por un poco de carroña. También es natural en el ser humano a una edad temprana: Una niña de unos seis años va a tener un hermanito. Cuando el recién nacido llega, recibe por parte de los padres gran cantidad de atención y afecto, eso puede llevar a la niña a experimentar celos de su hermano, pensando que el recurso, en este caso el amor de los padres, es limitado y que ha perdido parte de su porción. En este ejemplo, desde una mirada adulta, podemos observar que se trata de un comportamiento simplemente inmaduro y a la vez natural, podemos argumentar que es algo normal a esa edad.
El problema se plantea cuando arrastramos este tipo de conductas desde la infancia a la edad adulta. Seguro que vienen a tu mente algunas situaciones adultas que muestran este comportamiento infantil. Incluso cuando, desde una pseudo-generosidad, nos decidimos a compartir, a veces tenemos la sensación de estar perdiendo parte de nuestra porción, de estar sacrificando algo que nos pertenece para cedérselo a otra persona.
¿Quién no ha tenido esta sensación?… En verdad ¿Eso es compartir con generosidad?, puede que estemos buscando algo… ¿Quién no ha sentido esa vanagloria
que nos dice: “qué bueno soy porque comparto lo mío con los demás”?
Realmente es más de lo mismo, con un maquillaje sofisticado, pero más de lo mismo: puro egoísmo. ¿Qué esperar? Hemos mamado del egoísmo que predica generosidad pero no la practica, crecemos en una época en la que el individualismo radical es la norma y somos testigos de su apogeo socialmente aplaudido.
Pensamos ¿Algo bueno tengo que sacar de esto, porque si no… para que lo voy a hacer? y siempre tenemos esa mentalidad del inversor financiero que no hace nada por nada, sino siempre esperando algo, algún beneficio, algún rédito multiplicado por cien, en una búsqueda constante de la obtención. Vivimos con avidez, lo que nos lleva a no estar nunca satisfechos con nada, deseamos más (de lo que sea) y no nos percatamos de que es un vacío que no sacia nunca.
Aquí la primera fase del arte de aprender a perder: Reconozco que soy egoísta, este es el punto de partida. Siempre quiero ganar y, la mayor parte de las veces, incluso a costa de que otros pierdan. No contemplo la pérdida, pues supone dejar de poseer algo (o a alguien) que considero de mi propiedad. Estoy aferrado a ese algo y su pérdida me causará dolor en forma de sufrimiento. No quiero perder, me aterra la idea.

