Estamos acostumbrados a comunicarnos constantemente y lo hacemos de forma no consciente la mayor parte de los casos. Quizás en ocasiones por “intuición” preferimos la comunicación personal y directa, porque consideramos que la información que queremos compartir es lo suficientemente importante como para “leer” como se recibe, por parte de nuestro interlocutor y poder confirmar que hemos sido entendidos.
Sin embargo, no somos consciente habitualmente de hasta que punto el LNV (lenguaje no verbal) es clave en la transmisión de información.
Nuestra comunicación, incluso la más coloquial, se expresa acompañada de emociones, más perceptibles por cómo lo decimos (prosodia, o lenguaje paraverbal, LPV) que por el lenguaje verbal propiamente. Y el rey de la comunicación directa es cómo lo expresamos con gesticulaciones que de forma inconsciente realizamos (lenguaje no verbal) y que acompañan nuestro discurso.
Todas las personas somos capaces desde nuestro subconsciente de leer el LNV y LPV, de las personas que nos rodean. Hemos sido adiestrados en ello desde que tenemos 6 meses de edad, socializándonos en nuestra cultura, por lo que nuestra interpretación está sujeta a ella. Cambiar de cultura –con los viajes de turismo, por ejemplo- nos confunde. No sólo nos sentimos perdidos por el idioma, sino también por “su” peculiar LNV. Es cuando más tomamos conciencia de su valor.
Paradójicamente, cuando el idioma es un obstáculo, recurrimos al LNV ante cualquier necesidad cotidiana.
Un análisis detallado y consciente, nos permitirá como profesionales de la Relación de Ayuda, desde la terapia y el coaching, apoyar a nuestros pacientes y clientes.
¿Te atreves?


