Me enviaron por Internet un cuento anónimo que bien se podría atribuir a Jorge Bucay. Es sabido que familias de cetáceos quedan varadas en ocasiones en las playas, por error de su guía. Quizás por la cantidad de contaminación acústica y magnética que los barcos trasladan al mar, o por otras causas que desconozco, lo cierto es que de vez en cuando los noticiarios nos informan de estos hechos.
El cuento dice que ocurre algo semejante con cierta especie de estrellas de mar. La especie a la que hace referencia el cuento, necesitan aparearse fuera del agua. Esto es un enorme trastorno por que necesitan salir a tierra aprovechando la pleamar de la marea, quedarse agarradas en la arena de la playa y buscar pareja aprovechando la bajamar y volver al océano, cuando vuelve a subir la marea siguiente. Además todo esto se ven obligadas a realizarlo en la oscuridad de la noche, para no morir quemadas por el sol. Para colmo estos animales no son nada hábiles ni para nadar, ni para andar.
Pues bien, al parecer hay ocasiones que como en los cetáceos, se produce una confusión generalizada, y la playa aparece al amanecer plagada de estrellas de mar. Esta situación es excepcional y cuando se produce atrae a multitud de personas que observan y fotografían el espectáculo.
Me dicen, que había una persona afanada en recoger estrellas de la arena y arrojarlas de nuevo al mar. La situación a los observadores les parecía ridícula, ya que eran miles las estrellas depositadas en la arena lo que hacía imposible devolverlas a todas. Le tomaban por loco y los más próximos se burlaban de él. Alguien se sintió conmovido por el escarnio y se le acercó aconsejándole que abandonase la empresa. Así se lo hizo saber cuando estaba a su lado, sin embargo no obtuvo respuesta, aquella persona siguió recogiendo estrellas y arrojándolas al mar. Al volver a insistir consiguió detenerle y sentir su mirada serena. Escucho la voz tranquila del loco que le dijo: “Si. Sé que son muchas las que morirán al sol, pero ésta, ésta que tengo en la mano se salvará” y diciendo esto la arrojó con todas sus fuerzas al océano y sin más siguió con su labor.
Me dicen que la persona conmovida por la tenacidad del loco en salvar estrellas, le imitó y con él, empezó también a arrojar las estrellas que estaban a su alrededor.

Aprendió a distinguirlas. Las que más necesitaban ser salvadas eran las que parecían mas fuertes y rígidas al tacto, estaban más secas y casi no se movían. Otras eran fáciles, húmedas y flexibles, se dejaban arrojar. Observó como algunas otras, al notar la ayuda, se agarraban con fuerza a las rocas de la playa y al tratar de quitarlas forzándolas, se rompían en las manos. Oyó al loco a su lado decir: “Esas no. Buscan la seguridad en las rocas de la playa creyendo que son las rocas del fondo del mar. Yo les doy un par de tirones y si no se sueltan, las dejo. Sólo se pueden salvar las que quieren ser salvadas, y hay muchas, muchas que lo solicitan, sólo tienes que observar”.
Cuando yo bajé a la playa había muy pocas personas recogiendo estrellas y muchas personas criticando su labor. Yo sólo vi cinco. Me avergüenza escuchar algún colega actual decir que estaba allí entonces. Puede ser aunque yo no les viera. Quizás estuvieran en calas escondidas, o en esas playas privadas de urbanizaciones y hoteles de alto nivel económico. Yo no les vi. No creo que haga falta aludir a la antigüedad para dotarse de lo que se carece. Lo importante es estar hoy, empezases cuando empezases.
Hoy somos más de dos mil y me siento orgulloso. Los observadores ya no todos se ríen, incluso algunos empiezan a comprender la labor, y nos apoyan aún desde la comodidad, señalando aquellas estrellas que a su juicio necesitarían asistencia.
Sirva este cuento para prestar ayuda a cuántos locos quieran apuntarse a la tarea de salvar estrellas de la playa y devolverlas a su hogar original, el mar de la felicidad. Cuantos más seamos más estrellas se salvarán y esto, es lo único importante.


