Álvaro Puente – Miembro de 5C ASOCIADOS. Experto en Coaching Personal (2019 – 5C Asociados), Experto en Inteligencia Emocional para niños (2020 – 5C Asociados) y Experto en Coaching Ejecutivo (2022 – 5C Asociados).Técnico Profesional en Inteligencia Emocional Aplicada a la Empresa (2022 – EIOE. Euroinnova International Online Education).
Con el comienzo de la temporada estival, con la llegada del verano, es habitual escuchar frases del tipo: “Qué ganas tengo de vacaciones, necesito desconectar” o también “Me hacen falta unos días de desconexión para reponer fuerzas y recargar las pilas”. La pregunta que viene a mi mente es la siguiente: “¿Qué clase de vida llevamos?¿Cómo es que necesitamos desconectar de ella?”.
En ocasiones formulo esta pregunta y me entristece escuchar respuestas como: “Bueno, es que el trabajo y las obligaciones me producen bastante estrés” o “Necesito cambiar un poco de aires, me siento agobiada/o y tengo bastante ansiedad”. No es un buen síntoma el que lleguemos tan necesitados y con tanto anhelo al periodo vacacional.
He vivido esta sensación y no es agradable. Recuerdo trabajar deseando con locura que llegase el fin de semana, era como estar buceando en una piscina durante cinco días y sacar la cabeza para respirar los dos restantes, así completar la semana y volver a empezar. Y así una semana tras otra, suspirando por que lleguen las merecidas y ansiadas vacaciones, que simplemente se traducían en un periodo un poco más largo para tomar aire. ¡Qué desgaste!
¡Low battery! – Recharge
Te planteo una pregunta que, a buen seguro, responderás con facilidad: “¿Qué le sucede a un teléfono móvil cuando lo conectas al cargador y este, a su vez, a una fuente de alimentación?” … ¡Efectivamente! su batería se recarga. Tal y como te sucede a ti cuando conectas con las cosas realmente importantes de tu vida.
Mientras que, cuando el teléfono no está conectado a la corriente, su batería se descarga. Es posible que esta sensación te suene, puede que tu batería se esté agotando y por ello necesites volver a conectarte. Quieres conectar con aquello que te llena de vitalidad, que te proporciona energía. Ya que estamos: “¿Qué te proporciona energía?” y por cierto “¿Sabes qué te la drena?”.
Buscamos hacer acopio de energías durante los días de vacaciones, cambiamos nuestro ritmo de vida, nos despreocupamos y queremos disfrutar y descansar a partes iguales. Sin embargo, y en el mejor de los casos, habremos repuesto fuerzas para volver a afrontar otra larga temporada en la que las situaciones de nuestro día a día nos descargan. O mejor dicho, nuestra forma de vivir esas situaciones nos drena la energía y nos agota la batería.
La pregunta es clara, y muchas veces incómoda de contestar: “¿Es así como quiero vivir?”, descafeinándome poco a poco. “¿Voy a seguir igual durante toda mi vida?”. Me gustaría pensar que tu respuesta es un no rotundo, aunque si no es así también lo entiendo. Hablo desde la convicción de que deseas lo mejor para ti misma/o, no desde la evaluación o el juicio moral. Por ello quiero que reflexionemos juntos: “¿Cómo conectar con la fuente de alimentación, que nos carga de energía vital, un poco cada día?”
Reconectar con el sentido
Podemos tratar de separar nuestra vida laboral de nuestra vida personal, en un intento fallido de justificar la enorme cantidad de tiempo que dedicamos a realizar una actividad que, lejos de estimularnos, supone una pesada carga a nuestras espaldas. “Hay que trabajar, buscarse la vida y llenar la nevera”, eso nos decimos, “¿Pero, a cualquier precio?”. Es cierto que, buscamos la seguridad de un sueldo recurrente que nos permita sobrevivir, y está bien. Ahora, “una vez asentados los cimientos… ¿Por qué no continuamos construyendo el resto de la casa?”. Sé que nos merecemos más, queremos vivir y no limitarnos a sobrevivir, esa es una tendencia natural del ser humano: el crecimiento.
Para ello es fundamental darle sentido a lo que hacemos, a nuestros trabajos y a las actividades en las que invertimos nuestro tiempo, nuestro día a día. Tanto las grandes tradiciones de sabiduría, como los planteamientos de psicólogos y psiquiatras más próximos a nuestros tiempos, confluyen en apuntar a la misma idea. Por ejemplo, el concepto Ikigai (proveniente de la cultura japonesa) tiene un aroma similar al de la logoterapia (de Viktor Frankl) o al missioning (propio de teorías del management, que enfatizan el propósito, la visión y los valores de una organización).
Estamos hablando de darle significado a nuestra vida, no de ir a trabajar tirando serpentinas y fuegos artificiales. No hablo de impostar una sonrisa por defecto en nuestro rostro, no se trata de pintar todo de color de rosa, sino de vivir comprometidos y de acuerdo a nuestros valores personales.
En ocasiones, plantearnos este tipo de cuestiones puede provocar una agitación profunda, un cambio de rumbo, de empleo o de estilo de vida. Otras veces, se puede continuar en el mismo trabajo y cambiar la actitud hacia él o la disposición vital. Nos han dicho: “Trabaja duro”, es cierto, también que ahora podemos darle la vuelta a la tortilla y plantearnos un: “Trabaja con sentido y trabaja feliz”. Puede que no se trate necesariamente un giro de 180˚, no lo subestimes, redirigir el timón de nuestra vida tan solo unos pocos grados supondrá una diferencia notable en el largo plazo.
Si puedes haz lo que amas, y por favor, ama lo que haces. En definitiva, hagas lo que hagas… hazlo con amor.
Hay quien tiene el trabajo de sus sueños, aquella vocación, que en forma y fondo deseaba de pequeño. La verdad, le sucede a un porcentaje muy pequeño de la población mundial. “¿Crees que es eso lo que te proporciona felicidad y te hace dichosa/o?”. Desde nuestro punto de vista, ahí no está la clave, vemos que es fundamental utilizar todo para avanzar y saber jugar bien las cartas de las que disponemos. Como ejemplo, quiero compartir este brevísimo relato:
El mono y los cocos
Desde lo alto de un cocotero, un mono arrojó un coco sobre la cabeza de un hombre que pasaba por allí. Ese hombre era un necio, se enfadó y comenzó a increpar al mono, trató de devolverle el cocotazo mientras el mono se reía a carcajadas.
Al cabo de un rato paso por allí otro hombre, el mono volvió arrojar un coco sobre la cabeza de este segundo hombre. Este hombre era un sabio, recogió el coco, se bebió el jugo, se comió la pulpa y, después, se hizo un cuenco con la cáscara.




